Bonos sin fecha de devolución. Deuda perpetua.

Algunos bonos no tienen fecha de devolución del principal (no hay plazo de vencimiento) o bien tienen fechas de devolución en un futuro muy lejano, fuera de los plazos de vida de cualquier inversor (por ejemplo, bonos con vencimiento en el año 3012).

Aunque no tengan fecha de vencimiento, las emisiones de deuda perpetua en la práctica suelen incluir alguna cláusula que permite a las instituciones emisoras la recompra de los bonos. Esta cláusula, o la aplicación de un acuerdo entre la institución y los bonistas, suele poner fin a estas emisiones.

Una situación que puede darse en emisiones sin fecha de vencimiento pasadas varias décadas, es que los cupones que se paguen hayan quedado muy devaluados por la inflación, y el coste de la gestión de los pagos sea mayor que el propio coste de los pagos. En esos casos, el acuerdo entre la compañía emisora y los herederos de los compradores de los bonos suele ser fácil.
Otra situación común en emisiones sin fecha de vencimiento es que la compañía emisora deje de existir, de forma que los poseedores de deuda de dicha compañía participen en el proceso de liquidación de la misma como acreedores.

Dado que el inversor no espera llegar vivo a recibir la devolución del principal (en caso de que haya plazo de vencimiento), el interés de estos bonos viene dado por la posibilidad de obtener pagos anuales altos durante un plazo indefinido. La deuda perpetua tiene interés para inversores a largo plazo, y siempre que los intereses ofrecidos (a cambio de la falta de acceso al capital) sean muy altos.
Imaginemos una institución que quiere hacer una inversión de 100000 euros a 30 años. Tiene la posibilidad de comprar obligaciones a 30 años al 4% o bonos sin fecha de devolución con un 7,50% de interés anual.
Si la institución compra obligaciones, recibirá 4000 euros al año durante 29 años y el año 30 recibirá 104000 euros, con un total de 220000 euros recibidos. Pasado ese plazo, tendrá que buscar una nueva inversión para sus 220000 euros.
Si la institución compra los bonos perpetuos, recibirá 7500 euros al año, que pasados 30 años habrán sumado 225000 euros y seguirá teniendo un producto que ofrece 7500 euros anuales.
En general, la deuda perpetua no tiene interés para una persona que invierte y tiene un horizonte de inversión limitado. La compra de productos de esta clase por parte de inversores particulares suele obedecer más a un mal consejo de inversión o directamente a un fraude en la venta del producto que a las necesidades concretas del inversor.

Acciones preferentes.
Las preferentes o acciones preferenciales son una forma de financiación de las compañías que incluye algunos aspectos de renta fija y algunos aspectos de renta variable.
Técnicamente, las acciones preferentes son acciones de la compañía que normalmente no otorgan derechos de voto a los poseedores de las mismas. A cambio de la falta de derechos de voto, los accionistas preferentes tienen derecho al cobro de dividendos con prioridad respecto a los accionistas comunes. Además, si la compañía quebrase, los accionistas preferentes tendrían preferencia en el cobro de la liquidación respecto a accionistas comunes.
Los inversores en precedentes, con su inversión, y dado que no tienen derechos de voto, han hecho un préstamo a la compañía con su compra, pero este préstamo no tiene una fecha de devolución. De esta forma, los inversores en preferentes son como los accionistas (financian a la compañía sin esperar una devolución en un plazo fijo) pero no tienen los derechos de los accionistas en cuanto a participación en las decisiones de la compañía como copropietarios. Y los inversores en preferentes son como los inversores en renta fija (compran un producto que supone unos ingresos a la compañía esperando un rendimiento anual) pero el rendimiento anual no es fijo sino que proviene de los dividendos y además no hay fecha de recuperación del principal de la inversión.
Las participaciones preferenciales son un producto que ha generado polémica en España a partir de 2009 porque fueron ofrecidas a miles de inversores como un producto de interés garantizado y sin riesgo. En la práctica, el “interés garantizado” lo constituían los derechos a participar en dividendos, y estos dividendos dejaron de pagarse en el caso de participaciones preferenciales de compañías con problemas como las Cajas de Ahorro. Cuando los compradores vieron que no recibían su interés y comenzaron a solicitar la devolución del capital invertido, recibieron la segunda noticia: su inversión no era una forma de renta fija en la que recibir en un momento dado la devolución del principal, sino que era una compra de acciones de la compañía: si la compañía perdía valor, las acciones valían menos. Y la inversión de los poseedores de preferenciales eran acciones. El resultado es que muchos inversores en un producto que creían seguro y con interés garantizado, vieron que disponían de acciones que en el caso de muchas compañías habían perdido más del 95% de su valor y no daban ningún dividendo. Si un inversor compró preferenciales conociendo el riesgo, la situación entra dentro de la dinámica del mercado, en la que se puede perder y ganar dinero. Si un inversor compró preferenciales inducido y con una información incompleta o sesgada, la situación es más cercana a una venta con estafa que a una inversión aconsejada.

Enlaces
      Bonos y obligaciones convertibles.
      Clases de títulos de renta fija.

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